La última oportunidad


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La última oportunidad   

Es el verano del 1534. El Papa Clemente VII (Giulio de Medici) está seguro de que va a morir y se encuentra acosado por el recuerdo de sus tres grandes fallos o errores. 

Nunca tuvo grandes problemas acerca de otras cosas fundamentales: su elección a papa, por ejemplo. Como bastardo, ese oficio le estaba negado por la ley de la Iglesia. Una tontería legalista. Años atrás, todos callaron gracias al dinero de su tío, el Papa León X. De modo que Clemente compró su elección, distribuyendo 60.000 ducados entre los cardenales del cónclave. Había persuadido incluso al Sagrado Emperador Romano Carlos V de España para que ayudara (“Yo dejé caer ríos de oro para que se eligiera al de Medici”, señalaba después amargamente Carlos, cuando Clemente le traicionó). Compró el voto del cardenal Colonna con un palacio y una cancillería; el del cardenal Carnaro con el Palacio de San Marcos y el del infame cardenal Soderini con la amnistía total de todos sus crímenes, que incluían varios asesinatos. Todo se efectuaba del mismo modo entonces. 

Sí. Clemente sabe y recuerda todo esto, pero nunca ensucia la inocencia de sus sueños con remordimientos. Ninguno de los de Medici tuvo jamás escrúpulos acerca de sus conductas personales. Se veían a sí mismos como al margen del proceso histórico y por lo tanto libres de las reglas cotidianas. ¿Recuerdan cómo su antecesor, su tío, el Papa León X, capturó, torturó y estranguló al cardenal Petrucci, después de enviarle un salvoconducto personal para garantizar su seguridad?. Típico de la conducta de los de Medici. Clemente no era diferente. Ahora siente una preocupante inmovilidad de su espíritu mientras espera la muerte. Era un creyente a su manera, siempre pensando que los premios a las virtudes y los castigos a los pecados eran para la gente ordinaria; él era un de Medici. 

Sin embargo está preocupado por sus tres fallos. Sabe que ha hecho mal y que lo que hizo perjudicó gravemente a la Iglesia, pero no ve qué otra cosa podría haber hecho y esta acidez corroe su verdadero interior. 

Mi único propósito era que la Santa Sede fuera independiente política y militarmente de España y de Francia”, confió en una nota a su confesor, el padre Michele, “para poder ser imparciales en nuestros juicios sobre estas dos naciones. El Estado papal debe ser soberano”, escribió más tarde. Dejaba así de claro que Clemente se refería a soberanía política. Había dado el paso final de identificar el imperio del espíritu con el imperio del mundo. Además, desde León X, Clemente llegó casi a vaciar las arcas romanas y acumuló deudas inmensas. 

Así pues, jugó al juego del poder mundial, lo jugó con tenacidad, con empecinamiento, con audacia sin fin, con energía inagotable, con apetito y celo sin límites. Y perdió.  

Desterrado de Roma 

Los principales antagonistas de Clemente eran España y Francia; él creía que ambos deseaban tomar Roma y controlar al papado. La corte de Clemente se convirtió en la arena de un casi literal forcejeo hacia la guerra entre los consejeros que eran partidarios del Emperador Carlos (von Schönberg, Hurtado, Colonna, de la Roche) y los que preferían a Francisco I de Francia (Giberti, Santa María, Carpi). 

Clemente sonreía beatíficamente a Carlos y a Francisco mientras negociaba secretamente con Venecia y Milán para una alianza que pudiera enfrentarse a ambos, neutralizando Suiza y utilizándola como intermediario contra los dos reinos. Como si estuviera ciego, Clemente envió a von Schönberg en dos misiones de “paz” en 1523 a Madrid, París y Londres. Alguien informó del doble juego al emperador Carlos que, inmediatamente, invadió Francia en el 1524. 

Para septiembre, la guerra había alcanzado el Norte de Italia y Carlos había clamado que él mismo se vengaría “del papa, sobre su poltrona”. Clemente hizo una secreta alianza con Francisco, que incluía el matrimonio del segundo hijo de Francisco con la sobrina del papa, Catalina de Medici. Pero calculó mal. Hacia mayo del 1525, Francisco I había sido capturado por los españoles y ahora Carlos presentaba un rescate de 1000.000 ducados a Clemente. Eso o el emperador y sus tropas marcharían contra Roma. Carlos dejaba al Papa el monopolio de los pozos de sal en Milán y también le dejaba conservar Nápoles. 

Pero en la corte de Carlos V el mensaje de Martín Lutero se había ya recibido. “Reformad la Iglesia mientras haya tiempo” le dijeron a Carlos sus consejeros. “Podéis hacerlo si lo hacéis ahora. Si vos no lo hacéis, Lutero lo hará”. Los papas tienen una misión espiritual, solamente espiritual, continuaron diciéndole. La Iglesia nunca se pensó para ejercer poder temporal. “Quitad al papa, Vos podéis hacerlo, pero actuad rápido y seguro”. 

Cuando Clemente se enteró de esto, pasó a un frenesí de reacciones que finalizó con la creación en el 1526 de la Santa Liga de Cognac, que reunía a Francia, Venecia, Milán y el papado, contra el emperador Carlos. Un cierto número de los cardenales de Clemente, liderados por Colonna, se alineó junto a Carlos. Colonna, viendo la ocasión de deponer a Clemente, que le había vencido en el cónclave de 1523, invadió Roma a la cabeza de su propio ejército de 5.000 hombres, haciendo que Clemente se refugiara en el castillo del Santo Ángel.  

Los de Colonna entraron en San Pedro, robaron la tiara papal, los tapices de Raphael, los cálices y las cruces. Violaron a las mujeres, asesinaron a unos 1.700 hombres y alimentaron a sus caballos con hostias de comunión. Los destrozos alcanzaron unos 300.000 ducados antes de que se marchara Colonna con su milicia. 

Mientras, por el Norte, el ejército imperial de Carlos iba eliminando toda resistencia a su avance. Milán, Siena, Pescaro, Lodi, Cremona, Genoa, Bolonia, Florencia, todas cayeron ante el empuje imperial. Clemente envió peticiones de ayuda a Francia e Inglaterra, pero el rey inglés (Enrique VIII) estaba muy ocupado cambiando de esposas y el rey francés, Francisco, pedía un precio muy elevado. Así pues, Clemente tenía que enfrentarse en solitario al emperador Carlos. 

El 5 de mayo, el Papa quedó atrapado en Roma: un ejército imperial de unos 40.000 españoles, alemanes e italianos ocupaba ya los viñedos de San Pedro. La flota imperial estaba anclada fuera del puerto de Roma (Ostia). Carlos de Lannoy, el comandante de la flota, dijo: “Es increíble que el Vicario de Cristo adquiera posesiones en el mundo al coste de una sola gota de sangre humana”. 

Pero a Clemente se le había asegurado que la guarnición de Roma podría soportar el ataque. Una densa niebla inundaba la ciudad en el amanecer del lunes, mientras el Papa rezaba en su capilla privada. Quizá la niebla ayudó y animó a los españoles a hacer un ataque sorpresa. En cualquier caso, de pronto, el historiador del papa, Paolo Giovio, entró corriendo y gritando que los españoles estaban en la ciudad. El grupo papal cruzó corriendo el pasaje cubierto hasta la fortaleza del Santo Ángel; cerca de 3.000 personas: los embajadores extranjeros y sus familias, los sirvientes, los gobernadores, además de los trece cardenales leales. Llegaron todos los que pudieron alcanzar la seguridad de la fortaleza antes de que se levantara el puente. El cardenal Pucci fue arrojado de su caballo y quedó enganchado, pero lo logró. El cardenal Armellini fue izado en un cesto hasta una almena. El cardenal Deseo fue destrozado por el puente al cerrarse. (Los cardenales imperialistas permanecieron seguros en sus propios palacios). Unas 2.000 personas se lanzaron al Tíber para intentar ir con Clemente. Los grandes artistas Benvenuto Cellini y Raphael da Montelupo, manejaron el cañón, pero no había lucha en las calles. La guarnición del castillo-fortaleza era escasa: unos 90 guardias suizos y quizá otros 400 italianos. 

Toda resistencia había cesado a mediodía. El ejército imperial de 20.000 españoles y 20.000 alemanes junto a 10.000 campesinos seguidores (hombres y mujeres) cayeron sobre la ciudad; el pillaje, las muertes, los sufrimientos duraron más de 10 días y fueron indescriptibles. Fueron casa por casa, metódicamente, matando a los hombres, los niños y los ancianos, violando a las mujeres jóvenes, llevándose todo el oro, la plata y los objetos de valor. Todas y cada una de las iglesias fue destrozada e incendiada. 

No quedó un solo monje. Ninguna monja quedó sin ser violada varias veces antes de ser asesinada. Los supervivientes fueron vendidos en la Plaza de San Pedro como esclavos. Cualquier cardenal u obispo que encontraron en la ciudad fue desnudado, arrastrado por las calles tirado por una cuerda y después arrojado al interior de una prisión, donde todos fueron severamente torturados.

Las tumbas de los papas fueron abiertas y saqueadas, incluyendo la de San Pedro, de la que extrajeron todas las ofrendas de oro y plata acumuladas allí por anteriores papas. Filiberto de Orange, comandante del ejército, instaló sus caballos en la Capilla Sixtina. Sus oficiales hicieron lo propio con los suyos en los apartamentos Vaticanos. 

Durante diez días, los únicos sonidos que se escucharon en Roma fueron los gritos de las mujeres, los llantos de los niños, los aullidos de los hombres torturados y las sonoras carcajadas de los españoles y los alemanes. Cada día se multiplicaban las decapitaciones, las violaciones, los ahorcados, los quemados. 

El expolio y los asesinatos continuaron hasta un daño infligido calculado posteriormente en unos 12 millones de florines de oro en la ciudad, más unos 8 millones que desaparecieron en valores de la Iglesia como plata, tapices, ropajes, muebles, cuadros, piedras preciosas, joyas y dinero en metálico. Quemaron la biblioteca de San Sabina y destruyeron los registros papales en el Capitolio y en el Santo Oficio. Por no nombrar a todos los muertos, los que quedaron inválidos, etc. 

Pero el 1 de junio, el emperador deseaba la paz: había recibido algunas cartas desde Inglaterra y Francia. Colonna, (actuando como representante de Carlos) y el Papa llegaron rápidamente a un acuerdo.  Clemente rendiría el Santo Ángel, los puertos de Ostia y Civita Vecchia, Castellani, Piacenza, Parma y Modena; pagaría una multa de 40.000 ducados en varios pagos; devolvería a Colonna su status eclesiástico (había sido anatemizado); entregaría a los alemanes siete importantes rehenes y se retiraría permanentemente con sus cardenales a Nápoles. 

Para poder efectuar el primer pago, el Papa puso a trabajar a Benvenuto Cellini en la parte alta del Santo Ángel, donde se había instalado un horno y una fragua, para que empezara a fundir todas las tiaras papales (las piedras preciosas se quitaban antes) y los cálices, las estatuas de oro y plata de la Madonna y de los Santos, así como todos los dorados y plateados de escudos y de los mangos de las espadas. 

No era suficiente. El Papa tuvo que obtener todo lo posible de la ciudad de Benevento, lo que quedaba de las iglesias de Nápoles y joyas personales valoradas en 30.000 escudos. Bartolomeo Gattinara, el emisario del emperador, personalmente retiró del dedo del Papa su anillo de diamantes valorado en 150.000 ducados. 

Durante el largo verano en que Clemente se estrujaba para cumplir los pagos, una plaga azotó Roma y murieron cerca de 2.500 ocupantes alemanes. El emperador se sentía cansado de todo esto. Negoció de nuevo con el Papa y se llegó a una nueva oferta. Los estados papales serían devueltos al pontífice a cambio de tres sumas que se cifraron en 73.169 ducados, 35.000 ducados y 14.983,5 ducados (ese medio ducado siempre preocupó al papa). El Papa ordenó la venta inmediata de todos los palacios de los cardenales y de las propiedades de la Iglesia en Nápoles, para poder pagar cuanto antes, y abandonó el Santo Ángel disfrazado de mayordomo.

Las calles de Roma continuaban devastadas: cuerpos medio comidos por los perros, todas las casas quemadas, todas las tiendas e iglesias vacías por el pillaje y quemadas, prostitutas y alemanes borrachos por todas partes, copulando en las calles. Cuando se concluyó la “limpieza” de Roma, se habían arrojado al Tíber cerca de 2.000 cuerpos. 

Todos los bancos y las oficinas de transacción en Roma se habían destruido e incendiado salvo una: la Casa de Fugger. Los asaltantes alemanes necesitaban este banco multinacional para enviar a casa los beneficios de su pillaje.  

Un regreso chapucero 

Tan pronto como Clemente se encontró fuera de Roma, empezó a planear su regreso (y el castigo de sus perseguidores). Primero fue a Orvieto, refugiándose en el esquilmado palacio del obispo. No quedaba nada. Incluso el dosel de la cama se habían llevado. Estaba demacrado y llevaba barba de siete meses, jurando que no se afeitaría hasta que regresara al Vaticano. Su voluntad y rencor eran indomables. 

Después de nueve meses de exilio y miseria, Clemente (tras sobrevivir a otro atentado contra su vida), negoció con el triunfante emperador y se le permitió regresar a Roma en octubre del 1528. 

La ciudad todavía humeaba y era una ruina fétida. Cuatro quintas partes de las casas estaban abandonadas. En los apartamentos de la Capilla Sixtina del Vaticano y en la cancillería, estaban aún las deposiciones y las rebosantes letrinas de los hombres y caballos de Filiberto. Por todas partes se escuchaba el rumor de que el emperador iba a quitarle al Papa su poder político. 

Gasfaro Contarini, el embajador veneciano en Roma,  habló al Papa muy  confidencialmente: “Santidad, la Cabeza de la Iglesia no debería perseguir solamente intereses particulares, como hacen los gobernantes de los estados seculares ... sino que debería fijar sus ojos en el bienestar general de la Iglesia y dejar a los príncipes de Europa fuera de la política privada de la misma”. Contarini lo dijo todo seguido y sin respirar. Al terminar tenía la cara pálida y su mirada era la de alguien que espera que le saquen los ojos. 

Y ¿Qué pasos habría que dar para esto?”, preguntó el papa. 

Una renuncia” respondió Contarini con temor “una renuncia de al menos una porción ... no; mejor aún, Santo Padre, de todos los Estados Papales”. 

Y,” preguntó Clemente, todavía tranquilo, “¿Qué ocurre con el bienestar y la prosperidad de la Iglesia y de la Santa Sede?”. 

Contarini respondió con lágrimas en los ojos y pasión en su voz: “No suponga Su Santidad que el bienestar de la Iglesia de Cristo se mantiene o cae con esos dominios terrenales. Antes de que se adquirieran, la Iglesia existía y continuará existiendo cuando no los posea. La Iglesia es propiedad de todos los cristianos, pero los Estados Papales son como cualquier otro estado de un príncipe italiano”. 

¿Así pues?”, preguntó Clemente. 

Así pues, Su Santidad debería poner por delante de sus prioridades el bienestar de la verdadera Iglesia en su totalidad”, respondió el embajador.

Y, en vuestra opinión, ¿en qué consistiría esto?”, continuó Clemente. 

La paz para la Cristiandad, Santidad. Debéis permitir que el interés sobre los estados temporales quede, por un tiempo, en segundo plano”. 

Entonces, ¿Qué hay de esta nueva alianza entre Inglaterra, Florencia (que realmente nos pertenece), Ferrara (vasallos nuestros rebelados) y nuestra siempre amada Venecia? ¿Intentáis conformar a Carlos V y quedaros con lo que ya poseéis?”. 

Nosotros somos estados seculares, Su Santidad. Esta es la forma en que subsistimos”. 

Sí, Contarini”, respondió Clemente, “Seréis autorizado a quedaros con lo que habéis conseguido, mientras que yo, el hombre de buena voluntad que ha sido despojado de todas sus pertenencias, será mantenido donde está, sin oportunidad de recuperar ni una sola de sus cosas”. 

Pero Santidad ¿Qué otra cosa podría hacerse? La Cristiandad se deshace en pedazos. Toda Europa está contra Vuestra autoridad”. 

Supongo que decís la verdad, Contarini, y que yo como creyente de esa verdad debo actuar de la forma en que me pedís. Pero, entonces, los del otro lado también deberán actuar del mismo modo”. 

Tendrán que hacerlo, si Su Santidad da el primer paso”. 

Preferiría ser un criado del emperador o un cuidador de sus caballos antes que tolerar ser insultado por vasallos míos rebelados. Hablo de los florentinos. ¿No han sido ellos los que os han enviado aquí con esta radiante propuesta?”. 

No, Santidad. No.” dijo el embajador “Pero si continuamos como estamos, los estados europeos van a renunciar a su unión oficial con la Iglesia de Roma e incluso con la Cristiandad como guía de su conducta y de sus criterios históricos”. 

Dejad la historia para nosotros los sucesores de Pedro, Contarini. Hemos vivido y tenemos más historia que cualquier estado existente hasta hoy”. Contarini comprendió que la entrevista había finalizado, se inclinó ante el Papa y se marchó. La conversación había, efectivamente, terminado y con ella la Cristiandad. 

Desde ese enero en adelante, el Papa trabajó rápida y eficientemente para recuperar su poder. Negoció la paz con el emperador por medio del tratado de Barcelona del 29 de junio del 1529, que le autorizaba a volver a ocupar los estados papales a cambio de enormes indemnizaciones. Estaba autorizado e incluso sería ayudado a retomar Florencia. La mayor concesión de todas: el emperador vendría a Bolonia y acepta ser coronado por Clemente, reconociendo así al sucesor Nº 119 de Pedro como la fuente de todo poder sobre la tierra y los Cielos. Carlomagno y Leo. La historia se repite. 

Quizá, una vez que los asesinatos y los saqueos han terminado y todos han adquirido ya suficiente botín; una vez que los reyes han conseguido las mujeres que codiciaban; todos: los príncipes alemanes, los comerciantes daneses, los reyes y barones ingleses y los confederados suizos, quizá necesiten confesión y la bendición de la Iglesia. Para los nuevos teólogos revoltosos en Francia y Alemania, los Inquisidores quizá tengan métodos efectivos para silenciarlos. 

Pero, Clemente debe preguntarse a sí mismo: “¿En qué fallé con Contarini?”. La Iglesia dejaría de ser visible si pierde su poder. Lutero no significa nada. Incluso el emperador piensa así. ¿Cómo podría subsistir la Iglesia en un mundo secular si no pudiera defenderse ni tener independencia económica? ¿Qué aseguraría la salud espiritual de las naciones de Europa?. Obviamente, Clemente pensó que él encontraría la respuesta.  

¿Una nueva era dorada? 

La coronación de Carlos V de España como nuevo Sagrado Emperador Romano se preparó para noviembre de 1529. Clemente hizo su entrada triunfal en la ciudad de Bolonia el 20 de octubre. 

El gobernador lo había preparado todo magníficamente. A lo largo del recorrido que lleva hacia la iglesia de San Petronio, había levantado arquerías y pilares cubiertos con tapices y guirnaldas y cientos de escudos con las armas de los de Medici. Por todas partes había arcos triunfales soportados por columnas dóricas recubiertas de relieves, pinturas y estuco con grupos de figuras alegóricas representando a griegos y romanos. “Los nombres de León X, Sixto IV y Julio II han renacido de nuevo”, señaló el papa. 

El 5 de noviembre llegó el emperador Carlos. Durante las dos semanas previas, el Papa hizo trabajar a un gran equipo de decoradores. Cerca de 300 arquitectos, escultores, fontaneros, pintores, carpinteros, albañiles, ingenieros, cambiaron las fachadas de las casas de las calles principales de Bolonia para que evocaran lo más exactamente posible la magnificencia, el color y la majestad de la Roma misma. Bolonia fue “la antigua Roma” durante una semana. Todas las calles se cubrieron con adornos, guirnaldas verdes, para conseguir que la impresión fuera de una ciudad como Roma, con aspecto de verde, de fresca, de viva. 

Carlos montaba sobre un caballo árabe. Llevaba puesta una armadura resplandeciente con adornos de oro. Iba rodeado de cardenales y obispos, precedido por los caballeros de su corte y seguido por los invitados extranjeros, guardados por sus tropas de elite de flamencos y alemanes. Entró en Bolonia por la puerta de San Félix, en la que el Papa había hecho instalar un arco decorado con dos escenas clásicas. En un lado, el triunfo de Neptuno (¿no era Neptuno el emperador de todos los mares?) con sus tritones, sirenas, delfines y caballos de mar. En el otro, la gloria de Baco (¿no había prometido el emperador inaugurar una nueva era de felicidad?) rodeado de faunos y sátiros tocando flautas de Pan (siringas), Diana con sus faunos virginales y las ninfas de los bosques portando el poder fálico de Dionisos. Sobre la puerta, las llaves papales y el águila real española. A lo largo de las calles, cuadros y escudos con representaciones de antiguos héroes y grandes hombres: César, Augusto, Tito, Alejandro, Trajano, Diocleciano, Cicerón, Aristóteles, Platón, Sófocles, etc. Gloria sin fin. 

Por entre la multitud, el emperador avanzaba con grave dignidad, provocando por doquier un delirio de alegría. Los tesoreros papales lanzaban monedas de oro y plata sobre el público, las campanas sonaban sin descanso. Los cañones tronaban, las trompetas clamaban fanfarrias. Cuando llegó a San Petronio, Carlos desmontó ante la elevada plataforma sobre la que el Papa esperaba en su trono. Avanzó hacia él y, arrodillándose, besó el anillo y los pies de Clemente. Como Carlomagno había hecho en el año 800. Los dos hombres se retiraron a sus aposentos en el Palacio Público. El Papa había preparado dos habitaciones contiguas con una puerta de comunicación entre ellas. De este modo podían hablar privadamente sin ser espiados ni interrumpidos. Los franceses estaban en la ciudad para intentar boicotear la reunión, además de los luteranos que pretendían lo mismo. 

Lutero no parecía tener mucho futuro: el Papa le condenaría por su doctrina. Carlos le liquidaría junto a sus patrocinadores. El estado de Milán, Florencia, Ferrara y Venecia era lo que interesaba al papa. Aparentemente Carlos había llegado meses atrás a la conclusión de que la mejor garantía de Italia y su Europa era un papado fuerte, de manera que los estados papales debían estar garantizados por el poder imperial. Sobre Inglaterra (el Rey Enrique era una persona monótona), sobre Francia (ambos la consideraban acabada), sobre Turquía (podrían con ellos) establecieron sus propias conclusiones. El 23 de diciembre, el emperador de 29 años de edad, bajo la guía del Papa de 51 años, firmaron un tratado en el que se reunían los estados papales, España, los Países Bajos, Austria, Hungría, Bohemia, Milán, Mantua, Venecia, Montserrat, Saboya, Urbino, Siena, Lucca y Florencia bajo una nueva liga. 

El nuevo Sacrosanto Imperio Romano” dijo el Papa a Carlos tras la firma del acuerdo. Después de una pausa, el emperador Carlos respondió: “Será suficiente si tenemos la Santa Iglesia Romana por una parte y el Sagrado Imperio por otra, Santidad”. Carlos sabía ser autoritario cuando quería. Acordaron esperar a febrero de 1530 para su coronación. Entre tanto, el Papa podía recuperar Florencia y él, junto al emperador, reunir a los miembros de la nueva liga y obtener sus firmas. Se movieron ingentes cantidades de dinero por mar y por tierra.

La idea original había sido que la coronación tuviera lugar en San Pedro de Roma, en el mismo lugar en que el Papa León III coronara a Carlomagno. Pero estaban en Bolonia. ¡Muy bien! Podían preparar San Petronio en Bolonia para que fuera una réplica (a tamaño reducido) de San Pedro. Y eso fue lo que hicieron. 

El 4 de febrero tuvo lugar la coronación. Espías franceses y provocadores luteranos estaban en la ciudad; se sabía; de modo que se vigiló y protegió el puente de madera que une el Palacio Público con la iglesia, por medio de 400 soldados alemanes, 2.000 infantes españoles y dos piezas de artillería pesada. Pero, al poner el emperador el pie sobre el puente, éste cedió ligeramente, haciendo caer al suelo a Carlos V. (La Inquisición interrogó a varios agentes luteranos y franceses y obtuvieron la confesión de que fue realmente sabotaje). 

El emperador no estaba herido; se incorporó y la ceremonia continuó según lo previsto. Carlos ya llevaba puesta la corona de hierro de Lombardía. En San Petronio, juró sobre los Evangelios defender la Sagrada Iglesia Católica Romana. En una capilla privada fue ungido con santo óleo. Tras la lectura de las cartas de San Pablo, le impusieron la espada imperial. El Papa puso en sus manos el dorado orbe que representaba el mundo, el cetro de plata que simbolizaba el poder sobre el mundo y, sobre su cabeza, la diadema de emperador. El coro de “castrati” Vaticano llenó el aire con la más pura música y los monjes Benedictinos entonaron un glorioso Te Deum. 

Entonces se puso en marcha la gran procesión. Emperador y Papa iban sobre bellos caballos, pasando solemnemente entre una multitud casi delirante, seguidos por los estandartes de las Cruzadas, de la Iglesia, de los Medici, de la ciudad de Roma, de Alemania, de España, del Nuevo Mundo, de Nápoles y de Bolonia. Mientras pasaban, los tesoreros del Papa lanzaban monedas de oro y de plata sobre la multitud. 

Esa tarde se celebró un inmenso banquete al que acudieron muchas personalidades (todo el mundo representaba algo o a alguien en aquellos días). Océanos de tiaras, coronas, joyas, bellos ropajes, hombres imponentes, mujeres mayestáticas, príncipes, figuras de la nobleza. Las mesas estaban repletas con delicadezas de los 4 continentes; toda la comida estaba regada con 45 vinos diferentes seleccionados desde España, Francia, Alemania e Italia. El festín duró tres días. 

A continuación, el Papa abandonó Bolonia hacia Florencia. Para septiembre de 1530, esta ciudad estaba de nuevo en sus manos, costando la excursión unos 2 millones de ducados en total. Inmediatamente se castigó a los rebeldes, algunos con el exilio, otros decapitados, otros encarcelados, torturados e incluso algunos pocos pudieron escapar con vida. Florencia volvió a ser la ciudadela y la gloria de los de Medici. 

Cuando comenzaron a aparecer las dificultades doctrinales en el Norte de Alemania, en los Países Bajos y en Suiza, el Papa los ignoró. A las autoridades eclesiásticas que se preocupaban por estas nuevas circunstancias y que así se lo comunicaban, bruscamente les depuso. En lugar de enfrentar este problema, comenzó de nuevo a crear hostilidad entre Francia y España, jugando con Inglaterra y Suiza como peones de su estrategia. Consideró la coronación de Carlos como la inauguración de un nuevo periodo de gloria para Roma y, por lo tanto, para la Iglesia. Pero, en el fondo, comprendía que no iban las cosas a su gusto ¿Porqué? 

Escribió: “No se han escatimado esfuerzos para recuperar el dominio real del Pontífice Romano sobre los príncipes y los reyes. Con nuestro antecesor de sagrada memoria, Bonifacio VIII, mantendremos y enseñaremos que el obispo de Roma tiene dos espadas, la espiritual del espíritu y la espada temporal del poder político. Como León, hemos prestado la espada temporal a Carlos V de España”. 

Es la espada espiritual la que le atraviesa el corazón ahora que siente cercana la hora de su muerte. Ningún de Medici tuvo un final tan miserable ni una vida cuyo resumen esté tan lleno de errores y fallos como el Papa Clemente VII. De junio a septiembre de 1534, este Papa de 66 años de edad estuvo continua y alternativamente tratando de vivir y tratando de morir. El insano aire de Roma en verano no le ayudaba mucho. Muchos de sus síntomas podrían explicarse por una enfermedad estomacal, pero otros no; las violentas fluctuaciones de temperatura, por ejemplo. Por eso se estableció que, muy posiblemente, fue envenenado. En cualquier caso, fueron tres meses de lucha permanente con un invisible enemigo que le destruía el estómago. A veces, se le sorprendía alegre, riendo, bromeando, comiendo, incluso haciendo planes para el futuro. Otras, quería acabar los sufrimientos que le producía la “enfermedad”, además de los que, a buen seguro, le traían los recuerdos de aquellos que arruinó en su ambición. 

A mediados de junio ya estaba mortalmente enfermo. En julio se recuperó para recaer algo después. En su última voluntad, dejó Florencia a su sobrino el Cardenal Alejandro y el resto de sus posesiones a su sobrino el Cardenal Hipólito. A comienzos de agosto tuvo otra corta recuperación tras la cual su aspecto era tal que le administraron los últimos sacramentos el día 24. El 1 de septiembre se sintió lo suficientemente bien como para dictar su testamento espiritual al padre Michele. Recayó de nuevo para reponerse un poco el día 8. Una fiebre muy alta apareció el 21 acompañada de fuertes convulsiones y tales dolores que el 23 estaba exhausto, pero no tan exhausto pues dictó y firmó una carta dirigida al emperador Carlos de España en la que, en medio de su agonía, recomendaba a sus sobrinos Hipólito y Alejandro para que fueran favorecidos por el emperador. El día 24 se sumió en un delirio total. 

Clemente no podía más. Su muerte estaba cerca; los sufrimientos físicos de estos tres meses se acentuaron con todos los hechos y recuerdos: Las noticias sobre la degradada vida de su sobrino el cardenal Hipólito y sus conspiraciones para asesinar al cardenal Alejandro (Clemente siempre se refería cariñosamente a Hipólito como su “tonto diablillo”). Los corsarios moros hacían excursiones por las costas cercanas a Roma, saqueando. Tanto el emperador Carlos como el rey Francisco de Francia continuaban insistiendo en que se apartara de la vida política. Además tenía enormes deudas personales. El recuerdo de las caras y las lágrimas de todos aquellos que torturó o mandó torturar. Pero, sobre todo, el sentimiento y la certeza de que mientras él pasó años gozando o buscando glorias, un viento mortal había soplado por la Iglesia Cristiana y él no había hecho nada para remediarlo. Es más; su conducta había favorecido esta situación.

Terminó como un creyente, convencido de que tendría que enfrentarse a Jesús y responder de toda su vida. Clemente había comenzado su vida como Papa siendo un alto y gracioso clérigo, lleno de salud, experto político y hombre de estado, administrador eficiente, de fácil palabra, hombre culto, amigo de príncipes y reyes, llegando a ser el hombre más poderoso de Europa. Fue realmente lo que se dijo de él posteriormente: “el Papa con peor suerte”. Pero, como promotor de la Iglesia, fue todavía peor. El 25 de septiembre, a las 3 de la tarde, vieron que su cuerpo quedó en calma después de un terrible espasmo de dolor. Susurró una sola palabra: "Florencia" y quedó inmóvil.

 


Toda la documentación utilizada en esta página está basada en la obra "The decline and fall of the roman church" (1981) del escritor y sacerdote Malachi Martin, en la traducción al castellano de Ignacio Solves.